La mitología grecolatina ubicaba en el entorno de las Canarias, situadas “más allá de las Columnas de Hércules”, en los límites del mundo conocido (“la Ecúmene”), muchos de los relatos fantásticos de su tradición. Podrían ser la ubicación de los mitológicos Campos Elíseos, las Islas de los Bienaventurados, las Islas Afortunadas, el Jardín de las Hespérides o la Atlántida. Para muchos investigadores, la primera alusión histórica a las Islas Canarias podría encontrarse en la obras de historiadores griegos como Plutarco. Pero la descripción más certera de un autor antiguo sobre Canarias es la que hace Plinio el Viejo en su obra Historia Naturalis, donde relata una expedición realizada hasta el archipiélago por el rey de Mauritania Juba II. De cualquier manera, el conocimiento que los clásicos tuvieron sobre las islas fue vago, mezclando mito y realidad.
Periodo prehispánico
denominar a los antiguos habitantes de todo el archipiélago, entroncados étnica y culturalmente con los bereberes del norte de África. Antes de la incorporación a la Corona de Castilla, no existía una unidad política, sino que en cada isla existían varias tribus o reinos independientes los unos de los otros, sin que los habitantes de una isla tuvieran contacto con los de las demás, al desconocer la navegación. No se conoce exactamente el modo en que se produjo la colonización de las islas, aunque las teorías más aceptadas en la actualidad son aquellas que defienden que dichas poblaciones fueron traídas desde el norte de África bien por los fenicios o por los romanos. Hasta ahora las cronologías más rigurosas indicaban que los primeros isleños llegaron a Canarias entre los siglos III y I a. C., aunque se han sugerido fechas de poblamiento anteriores incluso al siglo V a. C. Recientes descubrimientos acreditan que el archipiélago canario fue poblado en en dos fases: en una primera fase la cultura bereber arcaica llegó a las islas en torno al siglo VI antes de Cristo; en una segunda fase, en torno al cambio de Era y el siglo I después de Cristo, habrían llegado a Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, El Hierro y Tenerife, poblaciones bereberes romanizadas. La economía de los antiguos isleños se basaba fundamentalmente en la ganadería de especies introducidas desde el continente africano: la cabra, la oveja, el cerdo y el perro. Este último cumplía funciones de guarda, pero también era consumida su carne. Con respecto a la agricultura, había enormes diferencias entre islas, siendo Gran Canaria la más desarrollada al respecto. Se trataba de una agricultura fundamentalmente cerealista, basada en variedades de trigo y cebada utilizadas como ingredientes para el tradicional gofio que aún se consume en Canarias. La actividad económica se completaba con la recolección de frutos, el marisqueo y la caza ocasional. Culturalmente, los aborígenes canarios son al parecer una rama "insularizada" del conglomerado de pueblos bereberes norteafricanos. Se suele hablar del horizonte neolítico de los guanches, aunque éste estuvo determinado en gran medida por la ausencia de metales en suelo insular. La existencia de inscripciones alfabéticas (escritura líbico-bereber o tifinagh) nos hablan en cambio de unos pueblos con un horizonte cultural protohistórico. La arqueología ha fijado su mirada en manifestaciones como la cerámica (fabricada sin torno, con técnicas que se han mantenido hasta la actualidad), los grabados rupestres (espirales, formas geométricas, signos alfabéticos, podomorfos, etc) y, en el caso de Gran Canaria, la pintura rupestre, de la que es principal exponente la Cueva pintada de Gáldar. Las viviendas eran fundamentalmente cuevas naturales pero también hechas artificialmente en las islas centrales; existían poblados de casas de cierta envergadura en Gran Canaria o Lanzarote. En cuanto a las creencias, la religión guanche era politeísta aunque el culto astral estaba generalizado. Junto a él había una religiosidad animista que sacralizaba ciertos lugares, fundamentalmente roques y montañas (El Teide en Tenerife, Idafe en La Palma o Tindaya en Fuerteventura). Especialmente singular era el culto a los muertos, practicándose la momificación de cadáveres. Cabe destacar también la fabricación de ídolos de barro o piedra.
Redescubrimiento y conquista
En el siglo XIV se produce el "redescubrimiento" de las islas por los europeos, sucediéndose numerosas visitas de mallorquines, portugueses y genoveses. Este proceso se encuadra en la llamada expansión europea por el Atlántico, que tendría su punto álgido en la llegada de Colón a América. Los avances en materia de navegación facilitaron la hazaña, que tuvo como principal motivación, en este primer momento, el acceso más directo posible al oro del África central. En este contexto, el navegante genovés Lancelloto Malocello desembarcó en Lanzarote en 1312 y el vizcaíno Martín Ruiz de Avendaño en 1377. Los mallorquines establecieron una misión en las islas (Obispado de Telde), que permaneció vigente desde 1350 hasta 1400. Asimismo las mismas estaban bajo la atenta mirada de los Reyes de Castilla, siendo el Papa Clemente VI quien a favor de aquellos nombrara al Infante Don Luis de Cerda monarca del "Reino de las Islas Canarias" en 1355. En 1402 se inicia propiamente la conquista con la expedición a Lanzarote de los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle, motivados por las posibilidades de explotación de la orchilla. En esta primera fase, la conquista de Canarias se llevó a cabo por iniciativa de particulares, y no por la Corona, de ahí que se denomine conquista de señorío, aunque Bethencourt se hubiese hecho vasallo del rey de Castilla. La conquista de señorío incluyó las islas de Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y El Hierro: eran éstas las menos pobladas del archipiélago, y su rendición resultó relativamente sencilla. La Gomera, sin embargo, mantuvo una organización mixta, en la que conquistadores e indígenas pactaron su coexistencia hasta la llamada "Rebelión de Los Gomeros" de 1488, que supuso la efectiva conquista de dicha isla. |